La lucha libre del poder: cambian las máscaras, pero no los dueños
🗓️30 Jul 2026 🌐 Opinión 👩🦱 Administrador 📊 1344 vistas
Columna de Opinión: Víctor Salazar
Durante décadas nos han obligado a mirar la política mexicana como una pelea entre dos bandos irreconciliables: la derecha contra la izquierda, los conservadores contra los progresistas, el PRI y el PAN contra Morena. Sin embargo, cuando se revisan las trayectorias de quienes realmente ocupan los cargos, controlan los presupuestos y toman las decisiones, aparece una realidad mucho menos romántica: los partidos cambian de nombre, color y discurso, pero una parte considerable de la clase política permanece.
Mi crítica contra Morena no nace de una defensa del PRI, del PAN o del desaparecido PRD. Precisamente porque critiqué a los partidos que gobernaron antes, rechazo que ahora se pretenda presentar como transformación lo que, en numerosos casos, ha sido reciclaje político.
No sostengo que cada militante de Morena sea idéntico ni que todos sus simpatizantes actúen de mala fe. Tampoco existe una prueba pública de una reunión secreta en la que todos los partidos hayan acordado repartirse México. Lo que sí existe es una continuidad verificable de personajes, estructuras, alianzas, prácticas clientelares e intereses que atraviesan las siglas partidistas. Esa continuidad permite formular una hipótesis más seria: en México, la disputa política frecuentemente no ocurre entre proyectos radicalmente distintos, sino entre grupos que compiten por administrar el mismo sistema.
La izquierda mexicana también salió del PRI
La historia desmonta la idea de que la llamada izquierda institucional nació completamente separada del viejo régimen.
El PRD fue fundado en 1989 mediante la convergencia de organizaciones de izquierda y de la Corriente Democrática que había abandonado el PRI después de la ruptura encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Es decir, una parte importante de la izquierda partidista mexicana nació de una escisión del propio priismo.
Andrés Manuel López Obrador también desarrolló una parte inicial de su carrera dentro del PRI, posteriormente militó y dirigió al PRD y finalmente encabezó la formación de Morena, que obtuvo su registro como partido nacional el 9 de julio de 2014.
Esto no significa que todas las etapas fueran idénticas ni que las personas no puedan cambiar legítimamente de ideas. Significa algo más incómodo: las fronteras ideológicas de la política mexicana siempre han sido mucho más porosas de lo que admite la propaganda.
Morena no destruyó al viejo sistema: absorbió una parte de él
Morena prometió expulsar a la vieja clase política, pero terminó abriendo sus puertas a numerosos personajes provenientes de los partidos que denunciaba.
Una revisión de las candidaturas de Morena al Senado en 2018 encontró que únicamente el 27 % de sus aspirantes había militado exclusivamente en ese partido. El 35 % provenía del PRD, el 18 % del PRI, el 10 % del PAN y el resto había pasado por el PT, Movimiento Ciudadano y Nueva Alianza.
No estamos hablando solamente de operadores municipales desconocidos. Marcelo Ebrard tuvo responsabilidades dentro del PRI, posteriormente fue una de las principales figuras del PRD y después se incorporó a Morena. Alfonso Durazo trabajó cerca de la candidatura presidencial priista de Luis Donaldo Colosio y terminó convertido en dirigente y gobernante de Morena. Manuel Bartlett ocupó algunos de los cargos más importantes del régimen priista, fue gobernador de Puebla y después se convirtió en aliado central del obradorismo desde el PT. Sus propias trayectorias aparecen documentadas en el Sistema de Información Legislativa.
Cambiarse de partido no convierte automáticamente a una persona en corrupta. Pero tampoco la vuelve honesta por decreto. Quitarse una camisa tricolor, azul o amarilla para ponerse una guinda no borra décadas de participación en el sistema anterior.
Morena no llegó a gobernar únicamente con ciudadanos nuevos. Llegó también con estructuras territoriales, liderazgos regionales, cacicazgos y operadores que aprendieron a hacer política dentro del PRI, del PAN y del PRD. La llamada transformación aprovechó buena parte de la maquinaria que decía combatir.
La verdadera unidad aparece cuando están en juego sus intereses
Los partidos pueden insultarse durante las campañas y, posteriormente, ponerse de acuerdo cuando existen intereses compartidos.
El ejemplo más visible fue el Pacto por México, firmado en diciembre de 2012 por el gobierno de Enrique Peña Nieto y las dirigencias del PRI, PAN y PRD. Aquellos partidos que públicamente se presentaban como adversarios acordaron una agenda común que impulsó reformas constitucionales en materias como energía, educación, telecomunicaciones y política fiscal.
El problema no es que los partidos dialoguen. En una democracia deben hacerlo. El problema aparece cuando las diferencias ideológicas desaparecen para aprobar decisiones estructurales, pero reaparecen teatralmente durante las elecciones para dividir a la población.
Por eso la política mexicana se parece cada vez más a la lucha libre: sobre el cuadrilátero se insultan, se empujan y prometen destruirse; detrás del espectáculo comparten reglas, negocios, relaciones y, muchas veces, hasta los mismos operadores.
La pelea puede ser real en ciertos momentos, pero el espectáculo también sirve para mantener al público dividido. Mientras los ciudadanos discuten apasionadamente sobre colores, los políticos saltan de un partido a otro sin experimentar ninguna crisis moral.
El PRI fue abandonado, pero no necesariamente derrotado
El PRI gobernó México durante más de siete décadas. En el año 2000 perdió la Presidencia frente al PAN; en 2012 regresó con Enrique Peña Nieto y en 2018 fue desplazado por Morena. Los registros electorales muestran esas alternancias, pero una alternancia de partidos no garantiza por sí misma una transformación del sistema.
Una interpretación posible es que muchos políticos abandonaron al PRI no porque hubieran rechazado sus prácticas, sino porque aquella marca ya no podía garantizarles cargos, impunidad o victorias electorales.
Dejaron parcialmente vacía la casa del PRI, pero conservaron su estructura como enemigo simbólico. Morena necesitaba un villano contra quien dirigir permanentemente el enojo popular. De esa manera podía presentarse como una ruptura histórica, aunque dentro de sus propias filas estuvieran personas formadas por el régimen anterior.
El PRI quedó funcionando como espantapájaros: suficientemente vivo para ser culpado de todos los males, pero demasiado debilitado para disputar seriamente el poder. Mientras tanto, muchos de sus antiguos integrantes encontraron alojamiento en el nuevo partido dominante.
La impunidad de los expresidentes
Una de las preguntas más incómodas sigue siendo la situación de los expresidentes.
Durante años se acusó a Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto de encabezar gobiernos corruptos, represivos o vinculados con intereses económicos y criminales. Sin embargo, ninguno de ellos ha recibido una sentencia que lo haya llevado a prisión por esos señalamientos.
En el caso de Peña Nieto, autoridades mexicanas anunciaron investigaciones financieras y posibles irregularidades, pero durante años no se presentó una acusación penal que culminara en condena. Mientras tanto, Genaro García Luna, quien fue secretario de Seguridad durante el gobierno de Calderón, sí fue declarado culpable en Estados Unidos por recibir sobornos del narcotráfico.
La ausencia de expresidentes en prisión no prueba automáticamente que exista un pacto secreto. Puede ser resultado de fiscalías débiles, investigaciones deficientes, complicidades institucionales, falta de voluntad política o cálculos para evitar crisis nacionales. Pero sí contradice el discurso de quienes aseguraban que llegarían al poder para acabar con la impunidad.
Cuando se tienen durante años la Presidencia, el control político, información gubernamental y amplias mayorías legislativas, pero los personajes señalados como responsables del saqueo permanecen libres, es legítimo preguntar si realmente se quiso romper con el pasado o solamente utilizarlo como propaganda.
Colosio y el destino de quienes intentan salirse del guion
Luis Donaldo Colosio representa un episodio diferente y particularmente doloroso.
No es posible afirmar jurídicamente, con la información pública disponible, que fue asesinado por querer romper con los intereses del PRI. Durante décadas, la versión oficial sostuvo que Mario Aburto había actuado solo. Sin embargo, la CNDH documentó violaciones graves, tortura y deficiencias relacionadas con la investigación y el proceso seguido contra Aburto.
Además, la investigación sobre un posible segundo tirador volvió a cobrar relevancia. En noviembre de 2025 fue detenido y procesado un exagente del Cisen señalado por la Fiscalía como presunto participante. En julio de 2026 un tribunal ordenó su liberación porque consideró prescrita la acción penal, no porque se hubiera esclarecido definitivamente todo lo ocurrido.
Por eso el asesinato de Colosio continúa siendo una herida abierta. Para muchos mexicanos simboliza lo que ocurre cuando una figura comienza a distanciarse del libreto establecido. No puede asegurarse como hecho probado que lo mataron por sus ideas, pero tampoco puede exigirse a la sociedad que acepte ciegamente una explicación oficial marcada por irregularidades y décadas de dudas.
Dentro del PRI también existieron jóvenes, técnicos y políticos que pretendían reformar al sistema. No todos eran iguales. El problema fue que las estructuras partidistas tendían a premiar la obediencia y a marginar a quienes amenazaban los equilibrios internos.
¿Por qué no asesinaron a López Obrador?
Algunos sectores presentan a “la derecha” como una organización única, completamente coordinada y dispuesta a matar a cualquiera que amenace sus intereses. Bajo esa narrativa surge una pregunta inevitable: si López Obrador representaba un peligro mortal para todos los poderes económicos y políticos, ¿por qué pudo competir durante décadas, ganar la Presidencia y gobernar seis años?
La respuesta no es necesariamente que López Obrador haya sido parte de una conspiración. La realidad política es más compleja.
La derecha no es un mando único; existen grupos empresariales, partidos, medios y élites con intereses enfrentados. Además, asesinar a un dirigente popular habría tenido consecuencias impredecibles: podía convertirlo en mártir, provocar una crisis nacional o fortalecer todavía más a su movimiento.
Pero también existe otra posibilidad: una parte de las élites descubrió que podía adaptarse al nuevo gobierno. No era necesario destruir a Morena si podían negociar, incorporarse, conservar contratos, cambiar de discurso o trasladar sus operadores al partido ganador.
El poder no siempre elimina físicamente a quien se acerca. Muchas veces lo rodea, lo condiciona, absorbe su movimiento o coloca alrededor de él a los mismos personajes que antes servían al régimen anterior.
No es derecha contra izquierda: es ciudadanía contra una clase política reciclable
La gran división mexicana no está necesariamente entre derecha e izquierda. Está entre una ciudadanía que trabaja, paga impuestos y enfrenta diariamente la violencia, y una clase política capaz de cambiar de partido cada vez que cambia el viento.
Los discursos se modifican. Los colores cambian. Las consignas se renuevan. Pero permanecen el nepotismo, el clientelismo, los contratos cuestionables, la obediencia partidista, el uso electoral de la pobreza y la costumbre de proteger a los poderosos.
Por eso criticar a Morena no significa defender al PRI o al PAN. Significa mantener la misma posición frente al poder, sin importar quién lo ejerza.
Quienes ayer denunciamos las corruptelas del PRI, del PAN y del PRD no tenemos ninguna obligación de guardar silencio porque ahora los responsables se presenten como “transformadores”. Al contrario: debemos señalarlos con mayor fuerza porque prometieron ser diferentes.
Morena no puede utilizar eternamente al PRI como excusa mientras incorpora a sus antiguos cuadros, reproduce sus métodos y concentra el poder. Tampoco puede llamar conservador a cualquiera que cuestione sus contradicciones.
Las máscaras cambian, pero demasiados rostros permanecen. La derecha y la izquierda se turnan los discursos, mientras los grupos políticos se acomodan en el partido que controla el presupuesto.
Y cuando surge alguien con independencia suficiente para amenazar verdaderamente esos equilibrios, el sistema busca neutralizarlo: unas veces lo desplaza, otras lo desprestigia, otras lo coopta y, en los capítulos más oscuros de nuestra historia, la violencia política ha terminado por silenciarlo.
El verdadero cambio no llegará sustituyendo un logotipo por otro. Llegará cuando los ciudadanos dejen de defender partidos como si fueran religiones y comiencen a exigir justicia, transparencia y rendición de cuentas a todos por igual.
Porque mientras el pueblo se pelee por distinguir entre máscaras rojas, azules, amarillas o guindas, los luchadores seguirán repartiéndose la taquilla.
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